24/6/11

Aquella culpa.

Jurar no volver a recurrir a determinados temas a la hora de escribir y encontrarse escribiendo sobre aquello. Así me verán hoy, como lo que soy. Porque a la hora de escribir, como en el teatro, creamos personajes y aunque hoy presente a una escritora de diecinueve años que tuvo una época que podríamos llamar oscura, aunque quizás es exagerar, difícil y que ahora logra reflexionar, verse a sí misma y descubrir sus errores. Y siempre hay motivos para escribir, alguna bronca reprimida, algún miedo, alguna tristeza, alguna alegría, algún recuerdo significativo, algún recuerdo insignificante. Y estos son simplemente disparadores que nosotros utilizamos para crear una obra de arte. Desde aquí ya vemos que realmente aunque alegue ser “yo”, la que escribo, he creado otro personaje, no sólo porque no se puede escribir sin crear algo irreal, aunque nos basemos en la pura realidad, sino, también, porque yo nunca me insertaría en el mundo de los escritores de esta manera, estoy lejos de considerarme escritora y de crear arte. Pero, intentemos no desviarnos más del punto realmente importante en todo este meollo: voy a aceptar culpas que creí que nunca aceptaría (siempre dentro del marco de la literatura).

Me presento: soy un personaje de diecinueve años de edad, mujer. Solía “estar” con este chico que me cuesta presentarles. Por ahora, también él tiene diecinueve años y puedo describirlo de mil maneras posibles, y en todas esas encontraran algún insulto. Aunque intente no podría decir cosas bellas de él, y si lo hiciese sería refiriéndome a algo que quizás existió y despareció, o que creí que existía, pero, no. De alguna manera sería más exitoso para mí contarles de algo más dramático y profundo que una aventura que tuve hace un par de años, pero como dice mi profesor de teatro: estamos acostumbrados a reprimir la expresión (y eso está bien para ser “civilizados”) pero los actores deben lograr dejarla salir completamente. No se cómo todo esto llegó a influenciarme en mi manera de escribir, pero hoy quiero expresarme por este medio sin importarme si alguien me lee o no, sin importar si a alguien le gusta o no, sin importar si alguien se ofende o no.

Quizás si, quizás me desvío del tema para postergar más mi confesión, mi aceptación, porque aceptar mis errores, reconocer que no siempre tengo la razón, es algo difícil para mí.

Ubiquémonos hace unos años atrás, cuando me encontraba confundida, angustiada y desorientada por el repentino cambio de vida que debía afrontar. Aunque siempre supe que mi novio no sería para siempre, que no estaría con un solo hombre en mi vida, afrontar el corte de una relación no me fue algo fácil. Sufrí mucho, y tal vez eso (sin pretender justificarme) sea la principal causa de mi descarrilamiento, ¿qué decir de la niña perfecta que siempre quise ser? Me desaté del modo más perverso, aunque quién lo analice no entendería porque tanto flagelo. Y es que, no sólo hice sufrir a mi ex, sino que me encontré ante este otro muchacho que, aunque no fuese ningún santo, también sufrió las consecuencias de tenerme tan cerca. Quizás él fue una de las primeras causas por las que terminé con mi ex, ¿pero por eso voy a seguir juzgándolo hasta el día de hoy?

Yo creí que terminar con mi novio era volver a algún estado imaginario de “libertad” en el cual podía jugar con cualquier chico que se me interpusiera, quise descargar todos mis sentimientos de culpa en la bebida, las noches de parranda y en histeriqueos a hombres inocentes. ¿Qué sucede cuando te encontrás besando a aquel que tanto persuadió porque termines con tu novio sin ninguna influencia del alcohol? Sí, él pudo simplemente aprovechar mi momento de debilidad emocional y ser un cerdo por eso. Pero, ¿quién soy yo para juzgarlo si a la semana siguiente estoy besando a otro chico en un bar delante de él, sin nunca haber charlado sobre lo ocurrido? Creo que asumí que algo estaba ya dicho, que ambos ya teníamos claro que lo nuestro no era serio y que podíamos estar con quien quisiéramos y en secreto ser amantes. No digo que él estuviese enamorado de mí, nada por el estilo. Pero ¿en qué momento fui tan ingenua que creí que podía besar a este muchacho y a la noche siguiente besar a uno de sus amigos sin que le importara? Tendría que haber supuesto que aunque sea en el orgullo le debe haber dolido. Una cree que porque lo escucha hablar de todas las chicas con las que ha estado y porque quizás en algún momento insistió en que yo estuviese con algún chico en un boliche ¿puede besarlo y al otro día pretender que nada había sucedido? Y lo quería, y me gustaba, y había dejado todo por él. Pero, aunque muchos afirmen que me enamoré de él, puedo confesar que realmente no fue así. Podríamos decir que “me movía la estantería” de cierta forma, y me sentí indignada cuando empezó a comportarse extraño conmigo, a tratarme de puta. Con el orgullo dañado nuestro joven amigo comenzó a intentar exterminarme de todas las maneras posibles. Aunque él lo reconozca o no, sé que algo por mi sentía. Algún cariño especial que por más que quisiera desbastarme lo hacía volver a mis brazos. Y aquí estoy, después de tanto, entendiendo algunos comportamientos míos y de los demás. Ahora veo claro el miedo a crecer de uno, ahora veo claro la angustia del otro. Porque me quisiera o no, él también me creía su mejor amiga y el no estuvo a la salida siguiente con alguna chica delante de mí. Ninguna de estas cosas justifica como se comportó conmigo pero aunque me lea o no, acepto sus disculpas y espero que me perdone también. Y de paso un: “hasta nunca, que te vaya bien”.

No hay comentarios: